En el mundo del emprendimiento, donde las ideas se convierten en millones, hay una barrera invisible que sigue marcando la diferencia entre quién crece y quién se queda atrás. No es el capital, ni la tecnología. Es la mentalidad.
Esa es la tesis que plantea Marta Cruz, una de las inversoras más influyentes de la región, con participación en más de 150 startups y seis unicornios latinoamericanos. Su reflexión es directa y provocadora: el síndrome del impostor sigue afectando de forma desproporcionada a las mujeres en el mundo empresarial.
Con el fondo NXTP, Cruz ha sido parte del crecimiento de compañías que alcanzaron valoraciones superiores a los mil millones de dólares. Pero más allá de los números, su experiencia le ha permitido identificar patrones claros en el comportamiento de emprendedores y emprendedoras.
Uno de los más evidentes es la diferencia en cómo se presentan ante inversores.
Mientras muchos hombres proyectan ambición sin límites —aunque aún no tengan todo resuelto—, las mujeres tienden a ser más conservadoras en sus proyecciones. Según Cruz, este contraste no tiene que ver con capacidad, sino con percepción. “Nunca he visto el síndrome del impostor en los hombres”, afirma, señalando que muchas mujeres dudan de sus propias habilidades incluso cuando tienen resultados sólidos que las respaldan.
El problema no es menor. En un ecosistema donde el capital busca crecimiento exponencial, la forma en que se comunica una visión puede definir el acceso —o no— a inversión. Los inversores no solo evalúan lo que una empresa es hoy, sino lo que puede llegar a ser mañana.
Y ahí es donde muchas oportunidades se pierden.
Cruz también apunta a un sesgo estructural dentro del propio sistema. Las mujeres, explica, suelen recibir preguntas más orientadas al riesgo en rondas de inversión, mientras que a los hombres se les pregunta más sobre potencial de crecimiento. Esta diferencia condiciona las respuestas y, en consecuencia, las decisiones de inversión.
El impacto se refleja en cifras contundentes: una proporción mínima del capital global de venture capital llega a fundadoras mujeres, lo que evidencia una desigualdad persistente dentro del ecosistema.
Frente a esta realidad, la inversora no solo señala el problema, también impulsa soluciones. Ha participado en la creación de redes como Emprendedora LAC y WeInvest, enfocadas en visibilizar y fortalecer el rol de las mujeres en tecnología y venture capital.
El objetivo no es crear espacios paralelos, sino equilibrar el terreno de juego.
Porque, como señala, el talento no está en discusión. Lo que está en juego es la confianza, la narrativa y las oportunidades.
La conclusión es clara: en el emprendimiento, creer en grande no es opcional.
Y en un ecosistema donde el capital sigue las ideas más ambiciosas, la diferencia entre crecer o quedarse atrás puede empezar con algo tan simple —y tan complejo— como atreverse a pensar en grande.









